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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.29

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torturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusiva
consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y
esta vez no fuí yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con
Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el
amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no
iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de
subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fuí allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

-Qué tienes-me dijo.

-Nada-le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejó
hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistemente. Al fin
apartó los ojos contraídos y entramos.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un
momento y desapareció.

Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la
mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

-¡Es evidente!...-murmuró.

-Qué-le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro
se demudó:

-¡Que ya no me quieres!-articuló en una desesperada y lenta
oscilación de cabeza.

-Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo-respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamente
mi mano y el cigarro, su voz se rompió:

-¡Esteban!

-Qué-torné a decirle.

Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el
sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento
después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud-no veía más que
injusticia-acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso
cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, me
levanté con un violento chasquido de lengua.

-Yo creía que no íbamos a tener más escenas-le dije paseándome.

No me respondió, y agregué:


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