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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.28

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Miré al palco, y
ella también se había retirado.

-Final de idilio-me dije melancólicamente.

El no volvió más y el palco quedó vacío.

* * * * *

-Sí, se repiten-sacudió amargamente la cabeza.-Todas las
situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y
se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su
_Tristán_ también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido
alarido de pasión que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto
como usted a esa obra, y acaso más... No me refiero, querrá creer, al
drama de _Tristán_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera
de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como
una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha
muerta, es otra cosa... Usted asistió al preludio de una de esas
repeticiones... Sí, ya sé que se acuerda... No nos conocíamos con
usted entonces... Y precisamente a usted debía de hablarle de esto!
Pero juzga mal lo que vió y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!...
Oigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo
más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
que era yo entonces-en lo bueno únicamente, por suerte.-Y segundo,
porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
después de lo que va a oir. Oigame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fuí su novio,
hice cuanto me fué posible para que fuera mía. La quería mucho, y
ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante,
privado de tensión, mi amor se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
con la dicha de mi nombre-se me consideraba buen mozo entonces-yo
vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con
muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi
persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
prometerle el tren necesario, y me lo dió a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga
suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas


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