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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.26

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Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

-Es mentira, Kassim-le dijo.

-¡Oh!-repuso Kassim sonriendo-no es nada.

-¡Te juro que es mentira!-insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

-¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
manos, lo siguió con la vista.

-Y no me dice más que eso...-murmuró. Y con una honda náusea por
aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido
continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

-¡Dámelo!

-Sí, es para ti; falta poco, María-repuso presuroso, levantándose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos
de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
blancura helada de su camisón y de la sábana.

Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces
retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.









#LA MUERTE DE ISOLDA#




Concluía el primer acto de _Tristán e Isolda_. Cansado de la agitación
de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de


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