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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.24

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se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.

-¡Y eres un hombre, tú!-murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

-No eres feliz conmigo, María-expresaba al rato.

-¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
contigo? ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo!-concluía con
risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.

-Sí... ¡no es una diadema sorprendente!... ¿cuando la hiciste?

-Desde el martes-mirábala él con descolorida ternura-dormías de
noche...

-¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
ataque de sollozos.

-¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
halagar a su mujer! Y tú... y tú... ni un miserable vestido que
ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
joyas, Kassim notó la falta de un prendedor-cinco mil pesos en dos
solitarios.-Buscó en sus cajones de nuevo.

-¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

-Sí, lo he visto.

-¿Dónde está?-se volvió extrañado.

-¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
prendedor puesto.

-Te queda muy bien-dijo Kassim al rato.-Guardémoslo.

María se rió.

-Oh, no! es mío.

-Broma?...

-Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
mío... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

-Haces mal... podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

-¡Oh!-cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
sentada en la cama.

-¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

-No mires así... Has sido imprudente, nada más.


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