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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.22

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En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la
imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de
Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que
algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,
pero con un cadáver entre nosotros.

Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no
podía sostener mi mirada un solo momento.

-Entonces,-le dije al fin levantándome-creo que lo más discreto es
que no vuelva más a verla.

-Creo lo mismo-me respondió.

Pero no me moví.

-¿Nunca más?-añadí.

-No, nunca... como usted quiera-rompió en un sollozo, mientras dos
lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto
se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de
ella y le abracé la cabeza.

-Sí, mi alma querida...¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
importa nada...¿quieres?

-¡No, no!-me respondió-no podríamos... no, ¡imposible!

-¡Después, sí, mi amor!... ¿Sí, después?

-¡No, no, no!-redobló aún sus sollozos.

Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

-¡María!-se dirigió a una joven que pasaba del brazo.-Es hora ya;
son las tres.

-¿Ya? ¿las tres?-se volvió ella.-No hubiera creído. Bueno, vamos.
Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

-Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he
contado. Y su caso... Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

-Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que
él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir
destellan felicidad.

-Sí,-repuso sencillamente-sufrimos un poco...

-¡Ya ve!-se rió Zapiola despidiéndose.-Yo en lugar suyo volvería al
salón.

Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio
de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió
Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.



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