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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.21

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-La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba...
mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

-¡No! ya te dije.

-¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no
quieres ir?

-Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

-Entonces-articuló con voz profundamente tomada-es lo que pienso,
lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo...
Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la
cabeza sobre sus brazos en la mesa.

-Quédate-le dije.-Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin
entonación alguna:

-Es que me dan unas ganas locas de matarme...

-¡Por eso! ¡Quédate aquí!... No estés solo.

Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando
la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría
sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
Y aún así, persistía siempre el motivo.

Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de
Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era
demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que
en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había
hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que
estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta
felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus
pulmones no daban más... era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a
María, como él hubiera deseado..., etc.

Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación
de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta-para mí
que lo conocía-era la desesperación de celos que lo llevó al
suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia
tranquila, no tenía ningún valor.


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