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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.19

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-¿Por qué no quieres ir?

-No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
esas cosas.

-¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

-¿Yo?

-Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
esto: ¿Por qué no quieres ir más?

-¡No tengo ganas!... ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
precipitaba su tisis.

Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

-Hace días que las noto más flacas... ¿Sabes por qué no quieres ir
más? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada
le cerraba los labios.

-¡Vamos! No seas... cálmate, que es lo mejor.

-¡Es que te lo voy a decir!

-¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?-le
interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé
cariñosamente.

-Acuéstate un momento... estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

-¿Sabes lo que te iba a decir?... Que no querías que María se
enamorara de ti... Por eso no ibas.

-¡Qué estúpido!-me sonreí.

-Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

-Esta noche vamos-le dije.-¿Quieres?

-Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si
hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo
preocupada de mi larga ausencia.

-Pregúntale siquiera-se rió Vezzera con visible afectación-por qué
ha pasado tanto tiempo sin venir.

María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña
sorpresa:

-¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un
instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
con los ojos.

-Aunque deba avergonzarme eternamente-repuse-confieso que hay algo
de verdad...

-¿No es verdad?-se rió ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices


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