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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.18

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pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí
ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

-No sé qué tiene que ver el orgullo con esto-le observé.

-¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la
ponderación justa de lo que has visto!

-Te juro...

-¡Bah; déjame en paz!-concluyó cada vez más irritado con mi
tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.

Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más
exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de
ojeras brillaban de fiebre.

-¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando
ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto
tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel
cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

-¿Y?... ¿es como te he dicho?

-Sí-le respondí.

-¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión
conforme a la realidad?

-Esta vez, sí-no pude menos de reirme.

Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

-¡Parece-me dijo de pronto-que no hicieras sino concederme por suma
gracia su belleza!

-¿Pero estás loco?-le respondí.

Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su
respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

-De veras, de veras me juras que te parece linda?

-¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios
femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al
recuerdo de su novia.

Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,
respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.
Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente
semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:


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