Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.17
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Pero éste sostuvo la mirada.
-¡Toma, pues!-repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre
ella.
-Perdóname-le dijo.-No me juzgues peor de lo que soy.
En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le
tendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un
largo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia
de la cintura y la besó hondamente en la boca.
El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
se perdía.
Pero Lidia no se asomó.
#LOS OJOS SOMBRIOS#
Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y
aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a
saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de
Europa, después de larga ausencia.
Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o
diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.
Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi
parte, lo informé de mi noviazgo con Elena-y su reciente ruptura.
Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle
dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.
-No crea en esas sacudidas-me dijo Zapiola con aire tranquilo y
serio.-Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará
después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más
complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran
provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a
mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;
era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir
con este modo de ser.
Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy
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