Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.16
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de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
desgraciada, sustrayéndole la droga.
-¡Octavio! ¡me va a matar!-clamó ella con ronca súplica.-¡Mi hijo
Octavio! ¡no podría vivir un día!
-¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!-cortó Nébel.
-¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
Lidia.
-¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
-Sí... Los médicos me habían dicho...
El la miró fijamente.
-Es que está mucho peor de lo que imaginas.
Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió
los labios en un casi sollozo.
-¿No hay médico aquí?-murmuró.
-Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
abrió una carta.
-¿Noticias?-preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.
-Sí-repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
-¿Del médico?-volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
-No, de mi mujer-repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.
A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.
-¡Octavio! ¡mamá se muere!...
Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:
-Pla... pla... pla...
Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
vacío.
-¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?-preguntó.
-¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fué a
buscar a tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá!-cayó
sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.
Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato
los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes
manchas violeta.
A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó
que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
valijas en el carruaje.
-Toma esto-le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
diez mil pesos.
Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
de lleno en los de Nébel.
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