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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.13

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guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas
maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

-Sí, está un poco débil... Y cuando pienso que en el campo se
repondría en seguida... Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con
usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo... ¿No podríamos pasar
una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

-Soy casado-repuso Nébel.

La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
decepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:

-¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
sabe!... No sé lo que digo... ¿Y su señora vive con usted en
el ingenio?

-Sí, generalmente... Ahora está en Europa.

-¡Qué desgracia! Es decir... ¡Octavio!-añadió abriendo los brazos con
lágrimas en los ojos:-a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi
hijo... ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que
vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre-concluyó
con una pastosa sonrisa y bajando la voz:-usted conoce bien el
corazón de Lidia, ¿no es cierto?

Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.

-¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
cuando ha querido?

Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébel
valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era
siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,
la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez había sentido
un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya
estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en
brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

-¿No sabes, Lidia?-prorrumpió alborozada, al volver su hija-Octavio
nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué
te parece?

Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó su
serenidad.

-Muy bien, mamá...

-¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi
de su familia...

Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con
dolorosa gravedad.

-¿Hace tiempo?-murmuró.

-Cuatro años-repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo


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