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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.12

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ojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían
ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la
elegante mujer que un día hojeó la _Illustration_ a su lado.

-Sí, estoy muy envejecida... y enferma; he tenido ya ataques a los
riñones... y usted-añadió mirándolo con ternura-¡siempre igual!
Verdad es que no tiene treinta años aún... Lidia también está igual.

Nébel levantó los ojos:

-¿Soltera?

-Sí... ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese
gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

-Con mucho gusto-murmuró Nébel.

-Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para... En fin, Boedo,
1483; departamento 14... Nuestra posición es tan mezquina...

-¡Oh!-protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir
su promesa. Fué allá-un miserable departamento de arrabal.-La señora
de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

-¡Conque once años!-observó de nuevo la madre.-¡Cómo pasa el
tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

-Seguramente-sonrió Nébel, mirando a su rededor.

-¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
casa... Siempre oigo hablar de sus cañaverales... ¿Es ese su único
establecimiento?

-Sí,... en Entre Ríos también...

-¡Qué feliz! Si pudiera uno... Siempre deseando ir a pasar unos
meses en el campo, y siempre con el deseo!

Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazón
apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en
su alma.

-Y todo esto por falta de relaciones... ¡Es tan difícil tener un amigo
en esas condiciones!

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.

Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
frescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer de
veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansa
tranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo lo
indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía


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