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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.11

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aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

-¿Es ahora?-le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza
la mano.

-¡Pst! ¡De todos modos!...-repuso el muchacho, mirando a otro lado.

El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de
amor.

-Vaya a su casa-concluyó-y si a las once no ha cambiado de idea,
vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
quiera. ¿Me lo jura?

-Se lo juro-contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con
grandes ganas de llorar.

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:


"Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más
grande, pero mamá ha visto que si me casaba con usted
me estaban reservados grandes dolores, he comprendido
como ella que lo mejor era separarnos y le jura no
olvidarlo nunca

tu Lidia."


-¡Ah, tenía que ser así!-clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo
con espanto su rostro demudado en el espejo.-¡La madre era quien
había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había
podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo
su amor en la redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de
qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!

Temblando fué hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su
nueva promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiando
obstinadamente con la uña una mancha del tambor.




#Otoño#


Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuando
el coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,
volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba.
Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. La
dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este,
aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él,
prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro
extrañado.

-Ya me parecía que era usted-exclamó la dama-aunque dudaba aún...
No me recuerda, ¿no es cierto?

-Sí-repuso Nébel abriendo los ojos-la señora de Arrizabalaga...

Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana
que trata aún de parecer bien a un muchacho.

De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los


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