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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.7

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súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo
pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la
mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente
sobre la suya.

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el
brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,
la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques
de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy
gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los
ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;
pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la
hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor
seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
la histeria había trabajado mucho su cuerpo-siendo, desde luego,
enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,
pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,
que sostenía su tonicidad.

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz-esto es,
para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel
ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
flor que pedía por él.

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la
halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la
retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.


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