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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.5

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-¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario...

-¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y
huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
proyectada al último cielo de la felicidad.


II

Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa
que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de
ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había
en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de
Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había
sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
Presentía-o más bien dicho, sentía-que iba a escollar rudamente.

Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a
su hijo:

-Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

Nébel vió toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
tembló un poco.

-Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de
eso.

-¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

-Sí.

-¿Y te reciben formalmente?

-C-creo que sí.

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

-¡Está bueno! ¡Muy bien!... Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que
puede pasar?

-¿Pasar?... ¿qué?

-Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

-¡Papá!


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