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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.3

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¡Y ahora, concluído! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué
le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó al
más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de
18 años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantil
idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando
poco, sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.

La despedida fué breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio
de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él?
"¡Oh, no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por el
muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la
cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada
los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio-y al
vestido, corto aún, de la tiernísima novia.




#Verano#


El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer
momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni
mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de
pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el último
resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de
verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de
nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo,
esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,
erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la
fila de muchachos.

Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber
en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia
casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito
resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

-Parece que no se acuerda más de ti-le dijo un amigo, que a su lado
había seguido el incidente.

-¡No mucho!-se sonrió él.-Y es lástima, porque la chica me gustaba
en realidad.

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia.


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