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El conductor rápido (Horacio Quiroga) - pág.6

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45.
-¡Qué ligero va, papá! -observa ella.
-¡Oh!, aquí no hay peligro alguno; puede correr. Pero al llegar al em...
Como en una explosión sin ruido, la atmósfera que rodea mi cabeza huye en velocísimas ondas, arrastrando en su succión parte de mi cerebro,-y me veo otra vez sobre el arenero, conduciendo mi tren.
Sé que algo he hecho, algo cuyo contacto multiplicado en torno de mí me asedia, y no puedo recordarlo. Poco a poco mi actitud se recoge, mi espalda se enarca, mis uñas se clavan en la palanca... y lanzo un largo, estertoroso maullido!
Súbitamente entonces, en un ¡trae! y un lívido relámpago cuyas conmociones venía sintiendo desde semanas atrás, comprendo que me estoy volviendo loco.
¡Loco! ¡Es preciso sentir el golpe de esta impresión en plena vida, y el clamor de suprema separación, mil veces peor que la muerte, para comprender el alarido totalmente animal con que el cerebro aúlla el escape de sus resortes!
¡Loco, en este instante, y para siempre! ¡Yo he gritado como un gato! ¡He maullado! ¡Yo he gritado como un gato!
-¡Mi calma, amigo! ¡Esto es lo que yo necesito!... ¡Listo, jefes!
Me lanzo otra vez al suelo. -¡Fogonero maniatado! -le grito a través de su mordaza-. ¡Amigo! ¿Usted nunca vio un hombre que se vuelve loco? Aquí está: ¡Prrrrr! . . .
«Porque usted es un hombre de calma, le confiamos el tren. ¡Ojo a la trocha 4004! Gato». Así dijo el jefe.
-¡Fogonero! ¡Vamos a palear de firme, y nos comeremos la trocha 29000000003!
Suelto la mano de la llave y me veo otra vez, oscuro e insignificante, conduciendo mi tren. Las tremendas sacudidas de la locomotora me punzan el cerebro: estamos pasando el empalme 3.
Surgen entonces ante mis pestañas mismas las palabras del psiquiatra:
«... las actitudes fácilmente imaginables en que podría incurrir un maquinista alienado que conduce su tren»...
¡Oh! Nada es estar alienado. ¡Lo horrible es sentirse incapaz de contener, no un tren, sino una miserable razón humana que huye con sus válvulas sobrecargadas a todo vapor! ¡Lo horrible es tener conciencia de que este último kilate de razón se desvanecerá a su vez, sin que la tremenda responsabilidad que se esfuerza sobre ella alcance a contenerlo! ¡Pido sólo una hora! ¡Diez minutos nada más! Porque de aquí a un instante... ¡Oh, si aún tuviera tiempo de desatar al fogonero y de enterarlo!...
-¡Ligero! ¡Ayúdeme usted mismo!.


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