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El conductor rápido (Horacio Quiroga) - pág.5

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-¿Cucaracha?-responde él-. Vamos bien a presión... y con dos libras más. Este carbón no es como el del mes pasado.
-¡Es que tenemos que correr, amigo! ¿Y su calma? ¡La mía, yo sé dónde está!
-¿Qué?-murmura el hombre.
-El empalme. Parece que allí hay que palear de firme. Y después, del 296 al 315.
-¿Con estas lluvias encima?-objeta el timorato.
-El jefe... ¡Calma! En 18 años de servicio no había yo comprendido el significado completo de esta palabra. ¡Vamos a correr a 110, amigo!
-Por mí... -concluye mi hombre, ojeándome un buen momento de costado.
¡Lo comprendo! ¡Ah, plenitud de sentir en el corazón, como un universo hecho exclusivamente de luz y fidelidad, esta calma que me exalta! ¡Qué es sino un mísero, diminuto y maniatado ser por los reglamentos y el terror, un maquinista de tren del cual se pretendiera exigir calma al abordar un cierto empalme! No es el mecánico azul, con gorra, pañuelo y sueldo, quien puede gritar a sus jefes: ¡La calma soy yo! ¡Se necesita ver cada cosa en el cenit, aisladísimo en su existir! ¡Comprenderla con pasmada alegría! ¡Se necesita poseer un alma donde cada cual posee un sentido, y ser el factor inmediato de todo lo sediento que para ser aguarda nuestro contacto! ¡Ser yo!
Maquinista. Echa una ojeada afuera. La noche es muy negra. El tren va corriendo con su escalera de reflejos a la rastra, y los remaches del ténder están hoy hinchados. Delante, el pasamano de la caldera parte inmóvil desde el ventanillo y ondula cada vez más, hasta barrer en el tope la vía de uno a otro lado.
Vuelvo la cabeza adentro: en este instante mismo el resplandor del hogar abierto centellea todo alrededor del sweater del fogonero, que está inmóvil. Se ha quedado inmóvil con la pala hacia atrás, y el sweater erizado de pelusa al rojo blanco.
-¡Miserable! ¡Ha abandonado su servicio!-rujo lanzándome del arenero.
Calma espectacular. ¡En el campo, por fin, fuera de la rutina ferroviaria!
Ayer, mi hija moribunda. ¡Pobre hija mía! Hoy, en franca convalecencia. Estamos detenidos junto al alambrado viendo avanzar la mañana dulce. A ambos lados del cochecito de nuestra hija, que hemos arrastrado hasta allí, mi mujer y yo miramos en lontananza, felices.
-Papá, un tren-dice mi hija extendiendo sus flacos dedos que tantas noches besamos a dúo con su madre.
-Sí, pequeña-afirmo-. Es el rápido de las 7


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