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Los destiladores de naranja (Horacio Quiroga) - pág.5

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-¡Yo no entiendo de esto! -repetía tan sólo.
El manco fue algo más feliz cuando acompañándolo esa misma siesta hasta el Horqueta, bajo un cielo blanco de calor, lo consultó sobre las probabilidades de aclimatar la levadura de caña al caldo de naranja, en cuánto tiempo podría aclimatarse, y en qué porcentaje mínimo.
-Rivet conoce esto mejor que yo -murmuró Else. -Con todo -insistió el manco-. Yo me acuerdo bien de que los sacaromices iniciales...
Y el buen manco se despachó a su gusto.
Else, con la boina sobre la nariz para contrarrestar la reverberación, respondía en breves observaciones, y como a disgusta. El manco dedujo de ellas que no debía perder el tiempo aclimatando levadura alguna de caña, porque no obtendría sino caña, ni al uno por cien mil. Que debía esterilizar su caldo, fosfatearlo bien, y ponerlo en movimiento con levadura de Borgoña, pedida a Buenos Aires. Podía aclimatarla, si quería perder el tiempo; pero no era indispensable...
El manco trotaba a su lado, ensanchándose el escote de la camiseta de entusiasmo y calor.
-¡Pero soy feliz! -decía-. ¡No me falta ya nada! ¡Pobre manco! Faltábale precisamente lo indispensable para fermentar sus naranjas: ocho o diez bordelesas vacías, que en aquellos días de guerra valían más pesos que los que él podría ganar en seis meses de soldar día y noche.
Comenzó, sin embargo, a pasar días enteros de lluvia en los almacenes de los yerbales, transformando latas vacías de nafta en envases de grasa quemada o podrida para alimento de los peones; y a trotar por todos los boliches en procura de los barriles más viejos que para nada servían ya, Más tarde Rivet y Else -tratándose de alcohol de noventa grados- lo ayudarían, con toda seguridad...
Rivet lo ayudó, en efecto, en la medida de sus fuerzas, pues el químico nunca había sabido clavar un clavo. El manco solo abrió, desarmó, raspó y quemó una tras otra las viejas bordelesas con medio dedo de poso violeta en cada duela, tarea ligera, sin embargo, en comparación con la de armar de nuevo las . bordelesas, y a la que el manco llegaba con su brazo y cuarto tras inacabables horas de sudor.
Else había ya contribuido a la industria con cuanto se sabe hoy mismo sobre fermentos; pero cuando el manco le pidió que dirigiera el proceso fermentativo, el ex sabio se echó a reír, levantándose


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