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Los destiladores de naranja (Horacio Quiroga) - pág.4

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Malaquías dio vueltas al tambor una mañana entera sin decir una palabra, pero a la tarde no volvió. Y la mañana siguiente estaba otra vez instalado observando tras el árbol.
Resumamos esta fase: el manco obtuvo muestras de aceite esencial de naranja dulce y agria, que logró remitir a Buenos Aires. De aquí le informaron que su esencia no podía competir con la similar importada, a causa de la alta temperatura a que se la había obtenido. Que sólo con nuevas muestras por presión podrían entenderse con él, vistas las deficiencias de la destilación, etc., etc.
El manco no se desanimó por esto.
-¡Pero es lo que yo decía! -nos contaba a todos alegremente, cogiéndose el muñón tras la espalda-. ¡No se puede obtener nada a fuego directo! ¡Y quE voy a hacer con la falta de plata!
Otro cualquiera, con más dinero y menos generosidad intelectual que el manco, hubiera apagado loa fuegos de su alambique. Pero mientras miraba melancólico su máquina remendada, en que cada pieza eficaz había sido reemplazada por otra sucedánea, el manco pensó de pronto que aquel cáustico barro amarillento que se vertía del tambor, podía servir para fabricar alcohol de naranja. Él no era fuerte en fermentación; pero dificultades más grandes había vencido en su vida. Además, Rivet lo ayudaría.
Fue en este momento preciso cuando el doctor Else hizo su aparición en Iviraromí.
El manco había sido el único individuo de la zona que, como había acaecido con Rivet, respetó al nuevo caído. Pese al abismo en que habían rodado uno y otro, el devoto de la gran Encyclopédie no podía olvidar lo que ambos ex hombres fueran un día. Cuantas chanzas (¡y cuán duras en aquellos analfabetos de rapiña!) se hicieron al manco sobre sus dos ex hombres, lo hallaron siempre de pie.
-La caña los perdió -respondía con seriedad sacudiendo la cabeza-. Pero saben mucho...
Debemos mencionar aquí un incidente que no facilitó el respeto local hacía el ilustre médico.
En los primeros días de su presencia en Iviraromí un votino había llegado hasta el mostrador del boliche a rogarle un remedio para su mujer que sufría de tal y cual cosa. Else lo oyó con suma atención, y volviéndose al cuadernillo de estraza sobre el mostrador, comenzó a recetar con mano terriblemente pesada. La pluma se rompía. Else se echó a reír, más pesadamente aún, y estrujó el papel, sin que se le pudiera obtener una palabra más.


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