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Odisea (Homero) - pág.201

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Además, un demón ha puesto en mi interior una razón más poderosa: no sea que os llenéis de vino y, levantando disputa entre vosotros, lleguéis a heriros unos a otros y a llenar de vergüenza el convite y vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro por sí solo arrastra al hombre"».
Así d ijo; Telémaco obedeció a su padre, y llamando a su nodriza Euriclea le dijo:
«Tata, reténme a las mujeres dentro de las habitaciones del palacio mientras transporto a la despensa las magníficas armas de mi padre a las que el humo ennegrece, pues están des cuidadas por la casa mientras mi padre está ausente; que yo era hasta hoy un niño pequeño, pero ahora quiero transportarlas para que no les llegue el aliento del fuego.» Y le respondió su nodriza Euriclea:
« Hijo, ¡ojalá hubieras adquirido ya prudencia para cuidarte de la casa y guardar todas tus posesiones! Pero ¿quién portará entonces la luz a tu lado?, pues no dejas salir a las
esclavas; quienes podrían alumbrarte.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«El forastero, éste, pues no permitiré que esté o cioso el que toca mi vasija, aunque haya
venido de lejos.»
Así dijo, y a ella se le quedaron sin alas las palabras. Así que cerró las puertas de las habitaciones, agradables para vivir.
Entonces se apresuraron Odiseo y su resplandeciente hijo a llevar adentro los cascos y los abollados escudos y las agudas lanzas, y por delante Palas Atenea hacía una luz
hermosísima con una lámpara . Y Telémaco dijo de pronto a su padre:
«Padre, es una gran maravilla esto que veo con mis ojos: las paredes del palacio y los hermosos intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas que las soportan arriba se muestran a mis ojos como si fueran de fuego encendido. Seguro que algún dios de los que poseen el ancho cielo está dentro.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Calla y reténlo en tu pensamiento, y no preguntes; ésta es la manera de obrar de los dioses que poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo me quedaré aquí para provocar todavía más a las esclavas y a tu madre; ella me preguntará sobre cada cosa entre lamentos.»
Así dijo, y Telémaco, iluminado por las brillantes antorchas, se puso en camino a través del palacio hacia el dormitorio donde solía acostarse cuando le llegaba el dulce sueño.


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