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Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.46

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Después, las señoras subieron a sus habitaciones a arreglarse para el baile.
Emma se acicaló con la conciencia meticulosa de una actriz debutante. Se arregló el
pelo, según las recomendaciones del peluquero, y se enfundó en su vestido de barés(2),
extendido sobre la cama. A Carlos le apretaba el pantalón en el vientre.
-Las trabillas me van a molestar para bailar -dijo.
-¿Bailar? -replicó Emma.
-¡Sí!
-¡Pero has perdido la cabeza!, se burlarían de ti, quédate en tu sitio. Además, es más
propio para un médico -añadió ella.
Carlos se calló. Se paseaba por toda la habitación esperando que Emma terminase de
vestirse.
La veía por detrás, en el espejo, entre dos candelabros. Sus ojos negros parecían más
negros. Sus bandós, suavemente ahuecados hacia las orejas, brillaban con un destello
azul; en su moño temblaba una rosa sobre un tallo móvil, con gotas de agua artificiales en
la punta de sus hojas. Llevaba un vestido de azafrán pálido, adornado con ramilletes de
rosas de pitiminí mezcladas con verde.
Carlos fue a besarle en el hombro.
-¡Déjame! -le dijo ella-. Me arrugas el vestido.
Se oyó un ritornelo de un violín y los sonidos de una trompa. Ella bajó la escalera,
conteniéndose para no correr.
Habían empezado las contradanzas. Llegaba la gente. Se empujaban. Emma se situó
cerca de la puerta, en una banqueta.
2. Barège: tela de lana ligera y no cruzada, primitivamente fabricada en Barège (Altos Pirineos), que
sirve para hacer chales, vestidos, etc.

Terminada la contradanza, quedó libre la pista para los grupos de hombres que
charlaban de pie y los servidores de librea que traían grandes bandejas. En la fila de las
mujeres sentadas, los abanicos pintados se agitaban, los ramilletes de flores medio
ocultaban la sonrisa de las caras, y los frascos con tapa de oro giraban en manos
entreabiertas cuyos guantes blancos marcaban la forma de las uñas y apretaban la carne
en la muñeca. Los adornos de encajes, los broches de diamantes, las pulseras de medallón
temblaban en los corpiños, relucían en los pechos, tintineaban en los brazos desnudos.
Las cabelleras, bien pegadas en las frentes y recogidas en la nuca, lucían en coronas, en
racimos, o en ramilletes de miosotis, jazmín, flores de granado, espigas o acianos.
Algunas madres, con mirada ceñuda, tocadas de turbantes rojos, permanecían pacíficas en


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