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Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.32

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rechazaba entre sonriente y enfadada, como se hace a un niño que se te cuelga encima.
Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante
de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de
saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez,
que tan hermosas le habían parecido en los libros.


CAPÍTULO VI
Emma había leído Pablo y Virginia(1) y había soñado con la casita de bambúes, con el
negro Domingo con el perro Fiel, pero sobre todo con la dulce amistad de algún
hermanito, que subiera a buscar para ella frutas rojas a los grandes árboles, más altos que
campanarios, o que corriera descalzo por la arena llevándole un nido de pájaros.
Cuando cumplió trece años, su padre la llevó él mismo a la ciudad para ponerla en un
internado. Se alojaron en una fonda del barrio San Gervasio, donde les sirvieron la cena
en unos platos pintados, que representaban la historia de la señorita de la Valliere(2). Las
leyendas explicativas, cortadas aquí y a11í por los rasguños de los cuchillos, glorificaban
todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas de la Corte.
1. Novela de Bernardin de Saint-Pierre, de una sensibilidad pre-romántica: pintura graciosa y poética de
la adolescencia.
2. La duquesa de La Vallière, favorita de Luis XIV (1644-1710), y que terminó sus días en un convento
de Carmelitas.

Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en
compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la llevaban a la capilla, adonde
se entraba desde el refectorio por un largo corredor. Jugaba muy poco en los recreos,
entendía bien el catecismo, y era ella quien contestaba siempre al señor vicario en las
preguntas difíciles. Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en
medio de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se fue
adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la frescura de las
pilas de agua bendita y del resplandor de las velas. En vez de seguir la misa, miraba en su
libro las ilustraciones piadosas orladas de azul, y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado


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