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Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.30

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Era un
ramo de novia; ¡el ramo de la otra! Ella lo miró. Carlos se dio cuenta de ello, lo cogió y
fue a llevarlo al desván, mientras que, sentada en una butaca (estaban colocando sus
cosas alrededor de ella), Emma pensaba adónde iría a parar su ramo de novia, que estaba
embalado en una caja de cartón, si por casualidad ella llegase a morir.
Los primeros días se dedicó a pensar en los cambios que iba a hacer en su casa. Retiró
los globos de los candelabros, mandó empapelar de nuevo, pintar la escalera y poner
bancos en el jardín, alrededor del reloj de sol; incluso preguntó qué había que hacer para
tener un estanque con surtidor de agua y peces. Finalmente, sabiendo su marido que a ella
le gustaba pasearse en coche, encontró uno de ocasión, que, una vez puestas linternas
nuevas y guardabarros de cuero picado, quedó casi como un tílburi.
Carlos estaba, pues, feliz y sin preocupación alguna. Una comida los dos solos, un
paseo por la tarde por la carretera principal, acariciarle su pelo, contemplar su sombrero
de paja, colgado en la falleba de una ventana, y muchas otras cosas más en las que Carlos
jamás había sospechado encontrar placer alguno, constituían ahora su felicidad
ininterrumpida. En cama por la mañana, juntos sobre la almohada, él veía pasar la luz del
sol por entre el vello de sus mejillas rubias medio tapadas por las orejeras subidas de su
gorro. Vistos tan de cerca, sus ojos le parecían más grandes, sobre todo cuando abría
varias veces sus párpados al despertarse; negros en la sombra y de un azul oscuro en
plena luz, tenían como capas de colores sucesivos, que, siendo más oscuros en el fondo,
iban tomándose claros hacia la superficie del esmalte. La mirada de Carlos se perdía en
estas profundidades, y se veía en pequeño hasta los hombros con el pañuelo,que le cubría
la cabeza y el cuello de la camisa entreabierto. El se levantaba, ella se asomaba a la
ventana para verle salir; y se apoyaba de codos en el antepecho entre dos macetas de
geranios, vestida con un salto de cama que le venía muy holgado. Carlos, en la calle,
sujetaba sus espuelas sobre el mojón y ella seguía hablándole desde arriba, mientras


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