Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.20
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Fue a buscar en la alacena una botella
de curaçao, alcanzó dos copitas, llenó una hasta el borde, echó unas gotas en la otra, y,
después de brindar, la llevó a sus labios. Como estaba casi vacía, se echaba hacia atrás
para beber; y, con la cabeza inclinada hacia atrás, los labios adelantados, el cuello tenso,
se reía de no sentir nada, mientras que, sacando la punta de la lengua entre sus finos
dientes, lamía despacito el fondo del vaso.
Volvió a sentarse y reanudó su labor, el zurcido de una media de algodón blanca;
trabajaba con la frente inclinada; no hablaba, Carlos tampoco. El aire que pasaba por
debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las baldosas. Carlos to miraba
arrastrarse, y sólo oía el martilleo interior de su cabeza y el cacareo lejano de una gallina
que había puesto en el corral. Emma, de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con la
palma de las manos, que luego enfriaba en el pomo de hierro de los grandes morillos.
Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le preguntó si le sentarían
bien los baños de mar; se puso a hablar del convento, Carlos de su colegio, y se animó la
conversación. Subieron al cuarto de Emma. Le enseñó sus antiguos cuadernos de música,
los libritos que le habían dado de premio y las coronas de hojas de roble abandonadas en
el cajón de un armario. Le habló también de su madre, del cementerio, a incluso le
enseñó en el jardín el arriate donde cogía las flores, todos los primeros viernes de mes,
para ir a ponérselas sobre su tumba. Pero el jardinero que tenían no entendía nada de
flores; ¡tenían tan mal servicio! A ella le habría gustado, aunque sólo fuera en invierno,
vivir en la ciudad, por más que los días largos de buen tiempo hiciesen tal vez más
aburrido el campo en verano -y según lo que decía, su voz era clara, aguda, o,
languideciendo de repente, arrastraba unas modulaciones que acababan casi en
murmullos, cuando se hablaba a sí misma, ya alegre, abriendo unos ojos ingenuos, o ya
entornando los párpados, con la mirada anegada de aburrimiento y el pensamiento
errante.
Por la noche, al volver a casa, Carlos repitió una a una las frases que Emma había
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