Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.16
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reflejos móviles la piel blanca de su cara. Ella sonreía debajo del tibio calorcillo y se oían
caer sobre el tenso muaré, una a una, las gotas de agua.
En los primeros tiempos en que Carlos frecuentaba Les Bertaux, su mujer no dejaba de
preguntar por el enfermo, a incluso en el libro que llevaba por partida doble había
escogido para el tío Rouault una bella página. Pero cuando supo que tenía una hija, se
informó; y se enteró de que la señorita Rouault, educada en el convento, con las
Ursulinas, había recibido lo que se dice una esmerada educación, y sabía, por tanto,
danza, geografía, dibujo, bordar y tocar el piano. ¡Fue el colmo!
-¿Así es que por esto -se decía- se le alegra la cara cuando va a verla, y se pone el
chaleco sin miedo a que se lo estropee la lluvia? ¡Ah, esa mujer!, ¡esa mujer!
Y la detestó instintivamente. Al principio se desahogó con alusiones que Carlos no
comprendió; luego, con reflexiones ocasionales que él dejaba pasar por miedo a la
tormenta; finalmente, con ataques a quemarropa a los que no sabía qué contestar.
-¿Por qué volvía a Les Bertaux, si el tío Rouault estaba curado y aquella gente aún no
había pagado? ¡Ah!, es que había allí una persona, alguien que sabía llevar una
conversación, bordar, una persona instruida. Era esto lo que le gustaba: ¡necesitaba
señoritas de ciudad! Y proseguía:
-¡La hija del tío Rouault, una señorita de ciudad!
¡Bueno, si su abuelo era pastor y tienen un primo que ha estado a punto de ser
procesado por golpes en una disputa! No vale la pena darse tanto pisto ni presumir los
domingos en la iglesia con un traje de seda como una condesa. Además, ¡pobre hombre,
que si no fuera por las colzas del año pasado, habría tenido problemas para pagar deudas
pendientes!
Por cansancio, Carlos dejó de volver a Les Bertaux. Eloísa le había hecho jurar con la
mano sobre el libro de misa, después de muchos sollozos y besos, en una gran explosión
de amor, que no volvería más. Así que obedeció; pero la audacia de su deseo protestó
contra el servilismo de su conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, estimó que
esta prohibición de verla era para él como un derecho a amarla.
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