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Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.12

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Su mujer
había fallecido hacía dos años. No tenía consigo más que a su «señorita», que le ayudaba
a llevar la casa. Las rodadas se fueron haciendo más profundas. Se acercaban a Les
Bertaux. El jovencito, colándose por un boquete de un seto, desapareció, luego reapareció
al fondo de un corral para abrir la barrera. El caballo resbalaba sobre la hierba mojada;
Carlos se bajaba para pasar bajo las ramas. Los perros guardianes en la perrera ladraban
tirando de las cadenas. Cuando entró en Les Bertaux su caballo se espantó y reculó.
Era una granja de buena apariencia. En las cuadras, por encima de las puertas abiertas,
se veían grandes caballos de labranza comiendo tranquilamente en pesebres nuevos. A lo
largo de las instalaciones se extendía un estercolero, de donde ascendía un vaho, y en el
que entre las gallinas y los pavos picoteaban cinco o seis pavos reales, lujo de los corrales
del País de Caux. El corral era largo, el granero era alto, de paredes lisas como la mano.
Debajo del cobertizo había dos grandes carros y cuatro arados, con sus látigos, sus
colleras, sus aparejos completos cuyos vellones de lana azul se ensuciaban con el fino
polvo que caía de los graneros. El corral iba ascendiendo, plantado de árboles
simétricamente espaciados, y cerca de la charca se oía el alegre graznido de un rebaño de
gansos. Una mujer joven, en bata de merino azul adornada con tres volantes, vino a la
puerta a recibir al señor Bovary y le llevó a la cocina, donde ardía un buen fuego, a cuyo
alrededor, en ollitas de tamaño desigual, hervía el almuerzo de los jornaleros. En el
interior de la chimenea había ropas húmedas puestas a secar. La paleta, las tenazas y el
tubo del fuelle, todo ello de proporciones colosales, brillaban corno acero pulido,
mientras que a lo largo de las paredes se reflejaba de manera desigual la clara llama del
hogar junto con los primeros resplandores del sol que entraba por los cristales.
Carlos subió al primer piso a ver al enfermo. Lo encontró en cama, sudando bajo las
mantas y sin su gorro de algodón, que había arrojado muy lejos. Era un hombre pequeño
y gordo, de unos cincuenta años, de tez blanca, ojos azules, calvo por delante de la cabeza


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