Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.8
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Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el recadero, un trozo de
ternera asada al horno, con lo que comía a mediodía cuando volvía del hospital dando
patadas a la pared. Después había que salir corriendo para las lecciones, al anfiteatro, al
hospicio, y volver a casa recorriendo todas las calles. Por la noche, después de la frugal
cena de su patrón, volvía a su habitación y reanudaba su trabajo con las ropas mojadas
que humeaban sobre su cuerpo delante de la estufa al rojo.
En las hermosas tardes de verano, a la hora en que las calles tibias están vacías, cuando
las criadas juegan al volante(7) en el umbral de las puertas, abría la ventana y se
asomaba. El río que hace de este barrio de Rouen como una innoble pequeña Venecia,
corría a11á abajo, amarillo, violeta, o azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a
la orilla se lavaban los brazos en el agua.
7 Se juega con raquetas, como el tenis, y consiste en lanzar y devolver una pelota ligera de corcho o de
madera, provisto de unas plumas en corona.
De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban madejas de algodón
puestas a secar al aire. Énfrente, por encima de los tejados, se extendía el cielo abierto y
puro, con el sol rojizo del ocaso. ¡Qué bien se debía de estar allí! !Qué frescor bajo el
bosque de hayas! Y el muchacho abría las ventanas de la nariz para aspirar los buenos
olores del campo, que no llegaban hasta él.
Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión doliente que le hizo casi
interesante.
Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las resoluciones que había
tomado. Un día faltó a la visita, al siguiente a clase, y saboreando la pereza poco a poco,
no volvió más.
Se aficionó a la taberna con la pasión del dominó. Encerrarse cada noche en un sucio
establecimiento público, para golpear sobre mesas de mármol con huesecitos de cordero
marcados con puntos negros, le parecía un acto precioso de su libertad que le aumentaba
su propia estimación. Era como la iniciación en el mundo, el acceso a los placeres
prohibidos, y al entrar ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual.
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