Fausto (Johan Wolfgang Goethe) - pág.151
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No sabía dónde me encontraba.
¿En la almena? ¿Tal vez en la torre?
Se disipó y se fue la niebla,
y tras ella apareció la diosa.
Le consagré vista y corazón,
absorbí aquel tenue fulgor,
aquella deslumbrante belleza
me cegó, pobre infeliz de mí.
Olvidé mi deber de vigía
y el cuerno sobre el que yo juré.
Aunque tal vez ella me condene,
su belleza aplaca toda ira.
HELENA
No puedo castigar el mal que yo misma causé. ¡Ay de mí! ¿Qué severo destino me hace aturdir así el corazón de los hombres hasta el punto de que acaban no respetándose ni a ellos mismos ni a nada? Me raptan, me intentan seducir, se baten en duelo, me llevan de un sitio a otro. Semidioses, héroes, dioses y aun demonios me llevaron al descarrío aquí y allá. De forma única turbé al mundo, dupliqué, tripliqué y cuadrupliqué los desastres. Aleja a ese buen hombre, libéralo. Que no caiga la vergüenza sobre aquel al que deslumbraron los dioses.
FAUSTO
Asombrado, oh, reina, veo al mismo tiempo la que hiere con acierto y aquí al que fue herido. Veo el arco que lanzó su flecha contra aquel hombre. Las flechas suceden a las flechas y me alcanzan a mí. De todas partes las presiento, emplumadas y silbando de un lado a otro por la fortaleza y su recinto espacio. ¿Qué soy ahora? De golpe se rebelan mis leales servidores y mis murallas parecen desvencijadas e inseguras. Y así, temo ya que mi ejército obedece a la mujer victoriosa e invicta. ¿Qué me resta hacer más que entregarme a mí mismo y darte todo lo que creía mío? Deja que a tus pies, libre y fiel, yo te reconozca como soberana a ti. A la que, con su sola presencia, adquirió un reino y un trono.
LINCEO (Con un pequeño cofre y seguido de otros.)
Aquí me tienes de vuelta, reina.
El rico suplica una mirada.
Al verte él se siente a la vez
un mendigo y el más rico príncipe.
¿Qué fui antes?, ¿ahora qué soy?
¿Qué debo querer?, ¿qué debo hacer?
¿Para qué la vista más aguda?
Ante tu presencia se deslumbra.
Desde Oriente hemos llegado aquí
y Occidente ya quedó atrás.
De pueblos hemos visto un buen número.
Primero y último se ignoraban.
Cae el primero, resiste el segundo,
el tercero empuñaba su lanza,
cada uno iba con un centenar,
sin notarlo murieron a miles.
Nos abalanzamos presurosos.
De todo lugar nos adueñamos.
Y donde hoy soy el soberano
mañana otro roba y saquea.
Mirábamos con mucha presteza.
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