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Fausto (Johan Wolfgang Goethe) - pág.43

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Página 43 de 213


FAUSTO
¡Vamos!, ¡vamos! ¡Jamás he de volver!
MEFISTÓFELES
Aquí hay un cofrecito bien pesado que encontré no sé dónde. Pónselo en el armario y te prometo que perderá el sentido. Metí en él varias cosas para conseguir otra. Y es que los niños son siempre niños y el juego siempre es juego.
FAUSTO
No sé si debo.
MEFISTÓFELES
¿Aún te lo preguntas? ¿Pretendes guardarte este tesoro? Entonces le recomiendo a Su Avaricia que no me haga perder el día y que me dispense de esfuerzos venideros. No creí que fueras avaro. Me rasco la cabeza y me froto las manos. (Coloca la cajita en el armario y vuelve a cerrar la puerta.) ¡Venga! ¡Deprisa! Yo intento someter el deseo y la voluntad de tu corazón a esta joven y dulce niña y tú estás ahí, como si fueras a entrar al aula y, grises, en carne y hueso, te esperaran la física y la metafísica. Vamos.
(Salen.)
MARGARITA (Con una lámpara.)
¡Qué bochorno!, ¡qué humedad hay aquí! (Abre la ventana.) Sin embargo, no hace calor fuera, pero siento calor no sé por qué. Me gustaría que volviera mamá a casa. Siento un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Creo que soy una mujer miedosa y tonta. (Empieza a cantar mientras se va desnudando.)
Había una vez un rey en Thule,
fiel hasta la sepultura,
al que su amada, muriendo,
regaló una áurea copa.
Era su mayor tesoro;
la llevaba a los banquetes;
se humedecían sus ojos
cuando de ella bebía.
Al estar su muerte próxima,
calculó su gran fortuna
y a su heredero la legó,
mas no su querida copa.
Celebró regio banquete,
flanqueado de caballeros,
en el antiguo salón
del castillo junto al mar.
Allí el viejo bebedor
tomó su último sorbo
y arrojó su amada copa
al albur de las mareas.
La vio caer y hundirse
en aquel profundo mar.
Los ojos se le apagaron,
nunca volvió a beber.
(Abre el armario para ordenar sus vestidos y ve el cofrecito de joyas.) Cómo ha llegado hasta aquí este cofrecillo si estoy segura de haber cerrado muy bien el armario. ¡Qué raro! ¿Qué podrá haber dentro? Quizá lo haya traído alguien en prenda, para pedir un préstamo a mi madre. Cuelga una llavecita de la cinta. Me parece que lo voy a abrir ahora mismo. ¿Qué es esto? ¡Dios de los cielos! Mira, no he visto nunca nada igual en mi vida. Unas joyas con las que cualquier dama de la nobleza podría asistir a la mayor de las solemnidades. ¿Cómo me sentaría esta cadena? ¿A quién pertenece esta maravilla? (Se adorna con las joyas y se pone ante el espejo.


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