Fausto (Johan Wolfgang Goethe) - pág.27
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MEFISTÓFELES
No se te impondrá ninguna medida ni se limitarán tus metas. Si te place picotear aquí y allá y atrapar algo al vuelo, tendrás aquello que te deleite. No seas estúpido y aférrate a mí.
FAUSTO
Ya oíste, no se trata sólo de gozar. Me entrego al vértigo, al placer más doloroso, al amado odio, al fastidio que reconforta. Mi pecho, que se ha liberado del ansia de saber, jamás se cerrará a ningún dolor. Quiero disfrutar dentro de mí de lo que ha disfrutado el conjunto de la humanidad[L46]. Quiero apresar con mi espíritu lo más elevado y lo más sumido en la profundidad, amontonar su ventura y su dolor en mi pecho y, de esta manera, ampliar mi yo y convertirlo en el suyo, y, al final, sucumbir como ella misma.
MEFISTÓFELES
Ah, confía en mí, que llevo mascando hace varios miles de años ese manjar de áspero sabor. No hay nadie, desde la cuna hasta la tumba, que digiera la vieja levadura. Créeme: esa totalidad sólo fue hecha para un dios. Él se encuentra en la plena y eterna luz, a nosotros nos confinó en las tinieblas y sólo a vosotros os dio el día y la noche.
FAUSTO
¡Pero yo lo quiero!
MEFISTÓFELES
¡De acuerdo!, pero hay algo que me da miedo. El tiempo es breve y el arte es largo. Diría que debieras aprender: asóciate a un poeta que se afane en encontrar ideas y en amontonar sobre tu cabeza de laureado todas las nobles cualidades: el valor del león, la rapidez del cuervo, la sangre ardiente del italiano y la tenacidad de los del norte. Déjale que encuentre el secreto de unir magnanimidad y astucia con el cálido impulso juvenil que te haga enamorar conforme a un plan. Me gustaría conocer a un ser así; le pondría por nombre microcosmos.
FAUSTO
¿Qué soy, entonces, si no me es posible alcanzar la corona de lo humano, a la que todos los sentidos tienden?
MEFISTÓFELES
Eres, al fin y al cabo, lo que eres. Aunque te pongas una peluca con miles de rizos, aunque te pongas tacones de un codo de altura, seguirás siendo lo que eres.
FAUSTO
Siento que he acumulado en vano los tesoros del espíritu humano. Y ahora que me detengo, ninguna fuerza brota de mi interior; no soy ni un pelo más alto ni me he acercado al infinito.
MEFISTÓFELES
Mi señor, ves las cosas tal como suelen verse. Hay que actuar con mayor sutileza antes de que se nos escape el gozo de la vida. ¡Qué demonios! Las manos, los pies, la cabeza y hasta el trasero son tuyos, pero ¿no es por ello menos mío todo lo que disfruto y está rebosante de vida? Si puedo permitirme pagar seis caballos, ¿no hago mías sus fuerzas y, sin dejar de ser un hombre, camino con veinticuatro patas? Así pues, cumple tus pensamientos y lánzate al mundo.
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