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Fausto (Johan Wolfgang Goethe) - pág.17

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El aplauso del pueblo me suena a burla. ¡Si pudieras leer en mi interior lo poco que padre e hijo merecíamos tales alabanzas! Mi padre era un individuo sospechoso que pensaba con visionario afán sobre la naturaleza y sus ciclos sagrados. Lo hacía con honradez, pero a su manera. Se encerraba en la cocina negra [L25]en compañía de adeptos y, después de interminables formulas, conseguía reunir los contrarios. Allí un León Rojo, uno libre y audaz, era desposado en tibio baño con el Lirio y ambos eran torturados con fuego vivo y llameante para pasar de una cámara nupcial a otra y, así, finalmente, surgía la Joven Reina en el cristal[L26]. Ahí estaba el medicamento; los pacientes morían y nadie se preguntaba quién había sido curado. Con nuestros elixires infernales hicimos por estos valles y estos montes estragos muchos peores que los de la peste. Yo mismo di a muchos el veneno y ellos se fueron marchitando, y hoy tengo que ver cómo alaban al desvergonzado criminal.
WAGNER
¿Cómo puede usted abrumarse por eso? ¿No hace suficiente un hombre honrado con ejercer concienzuda y puntualmente la profesión que se le enseñó? Si de joven admiras a tu padre, recibirás con gusto lo que él sepa; si, siendo ya un hombre, aumentas esa ciencia, tu hijo podrá alcanzar metas más altas.
FAUSTO
Oh, ¡feliz aquel que todavía tiene esperanza de emerger de este mar de confusión! Lo que se necesita no se sabe, lo que se sabe no se puede usar. Pero no llenemos de pesar esta hora de hermoso bien. Mira cómo resplandecen esas chozas a la luz ardiente del atardecer, rodeadas de hierba. El sol se aleja y cede, pero el día sobrevive, pues aquél marcha hacia otro lugar donde animará nueva vida. ¡Cómo desearía que unas alas me elevaran del suelo y pudiera acercarme a él más y más[L27]!. Entonces, en el fulgor perenne del ocaso, vería a mis pies al tranquilo mundo: encendidos los altos, serenos los valles y el arroyo de plata fluyendo en corriente dorada. Este vuelo, propio de dioses, no se vería impedido por el salvaje monte lleno de barrancos, y entonces, el mar, con sus tibias ensenadas, se abriría a mis ojos asombrados. Pero, finalmente, parece que el dios Sol se hunde, tan sólo sigue despierta el ansia. Me apresuro para beber su luz eterna. Ante mí, el día, y tras de mí, la noche; sobre mí, el cielo, y abajo, el oleaje. Es un hermoso sueño, pero él se escapa. Ah, no es tan fácil que a las alas del alma se añadan otras del cuerpo. Sin embargo, en todos es innato que su sentir se eleve y adelante, cuando, perdida en el cielo azul, la alondra gorjea su canto, cuando el águila flota sobre las escarpadas cimas plagadas de pinos, y cuando, sobre las llanuras y los mares, la grulla va en busca de su patria.


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