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Los hechos en el caso de M. Valdemar (Edgar Allan Poe) - pág.7

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Empleo esta expresión porque la rapidez de su desaparición en nada me hizo pensar tanto como en el apagarse una vela de un soplo. El labio superior, al mismo tiempo, se retorció sobre los dientes, que hasta entonces había cubierto por entero, mientras la mandíbula inferior caía con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta y descubriendo la lengua hinchada y negra. Imagino que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto de M. Valdemar era en este momento tan espantoso, sobre toda concepción, que todos nos apartamos de la cama.
Noto ahora que llego a un punto de esta narración en el que cada lector puede alarmarse hasta una positiva incredulidad. Sin embargo, sólo es de mi incumbencia continuar.
Ya no había en M. Valdemar el menor signo de vitalidad y, convencidos de que estaba muerto, íbamos a dejarlo a cargo de los enfermeros cuando se observó en la lengua un fuerte movimiento vibratorio, que continuó tal vez durante un minuto. Cuando hubo acabado, de las mandíbulas separadas e inmóviles salió una voz que sería locura en mí tratar de describir. Hay, no obstante, dos o tres epítetos que podrían considerarse aplicables en parte; podría decir, por ejemplo, que el sonido era áspero, roto y cavernoso, pero el odioso total es indescriptible, por la simple razón de que ningún sonido semejante ha llegado jamás al oído humano. Había, sin embargo, dos particularidades que me hacían pensar entonces, y aun ahora, que podían ser tomadas como características de la entonación y dar alguna idea de su peculiaridad ultraterrena. En primer lugar; la voz parecía llegar a nuestros oídos -al menos a los míos- desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo, ciertamente, que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o glutinantes impresionan el sentido del tacto.
He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que en el sonido se distinguían las sílabas con una maravillosa y estremecedora claridad. M. Valdemar hablaba, evidentemente, en respuesta a la pregunta que le había hecho pocos minutos antes.


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