Los hechos en el caso de M. Valdemar (Edgar Allan Poe) - pág.4
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Retrasé, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, pero la llegada de un estudiante de Medicina, con el que me unía cierta amistad (Mr. Theodore L...), me hizo desechar esta preocupación. En un principio, había sido mi propósito esperar por los médicos; pero me indujeron a comenzar, primero, los ruegos apremiantes de M. Valdemar, y, segundo, mi convicción de que no había instante que perder, ya que era evidente que agonizaba con rapidez
Mister L… fue tan amable que accedió a mi deseo y se encargó de tomar notas de cuanto ocurriese; así, pues, voy a reproducir ahora la mayor parte de su memorándum, condensado o copiado verbatim.
Eran aproximadamente las ocho menos cinco cuando, tomando la mano del paciente, le rogué que confirmase a Mr. L..., tan claro como pudiera, cómo él, M. Valdemar, estaba enteramente dispuesto a que se realizara con el una experiencia mesmérica en tales condiciones.
Él replicó, débil, pero muy claramente:
-Sí, deseo ser mesmerizado -añadiendo inmediatamente-: Temo que lo haya usted retrasado demasiado.
Mientras hablaba, comencé los pases que ya había reconocido como los más efectivos para adormecerle. Evidentemente, sintió el influjo del primer movimiento lateral de mi mano a través de su frente; pero por más que desplegaba todo mi poder, no se produjo ningún otro efecto más perceptible hasta unos minutos después de las diez, cuando los doctores D... y F… llegaron, de acuerdo con la cita. Les explique en pocas palabras lo que me proponía, y como ellos no pusieran ninguna objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por pases de arriba abajo y concentrando mi mirada en el ojo derecho del enfermo.
Durante este tiempo, su pulso era imperceptible y su respiración estertórea, interrumpida a intervalos de medio minuto.
Este estado duró un cuarto de hora sin ningún cambio. Transcurrido este período, no obstante, un suspiro muy hondo, aunque natural, se escapó del pecho del moribundo, y cesaron los estertores, es decir, estos no fueron perceptibles; los intervalos no habían disminuido. Las extremidades del paciente tenían una frialdad de hielo.
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