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Los hechos en el caso de M. Valdemar (Edgar Allan Poe) - pág.3

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Su expectoración era excesiva, y el pulso era apenas perceptible. Sin embargo, conservaba de un modo muy notable todo su poder mental y cierto grado de fuerza física. Hablaba con claridad, tomaba sin ayuda algunas drogas calmantes, y, cuando entré en la habitación, se hallaba ocupado escribiendo notas en una agenda. Estaba sostenido en el lecho por almohadas. Los doctores D... y F... le atendían.
Después de estrechar la mano de Valdemar llevé aparte a estos señores, que me explicaron minuciosamente el estado del enfermo. Hacía ocho meses que el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y era, por tanto, completamente inútil para toda función vital. El derecho, en su parte superior estaba también parcialmente, si no todo, osificado, mientras que la región inferior era simplemente una masa de tubérculos purulentos que penetraban unos en otros. Existían diversas perforaciones profundas, y en un punto una adherencia permanente de las costillas. Estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación se había desarrollado con una rapidez desacostumbrada; un mes antes no se había descubierto aún ninguna señal, y la adherencia sólo había sido observada en los tres últimos días. Independientemente de la tisis, se sospechaba que el paciente sufría un aneurisma de la aorta; pero, sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible una diagnosis exacta. La opinión de ambos médicos era que M. Valdemar moriría aproximadamente a la medianoche del día siguiente, domingo. Eran entonces las siete de la tarde del sábado.
Al abandonar la cabecera del enfermo para hablar conmigo, los doctores D... y F... le habían dado su último adiós. No tenían intención de volver, pero, a petición mía, consintieron en ir a ver al paciente sobre las diez de la noche.
Cuando se hubieron marchado, hablé libremente con M. Valdemar de su próxima muerte, así como, más particularmente, de la experiencia propuesta. Declaró que estaba muy animado y ansioso por llevarla a cabo, y me urgió para que la comenzase acto seguido. Un enfermero y una enfermera le atendían, pero yo no me sentía con libertad para comenzar un experimento de tal carácter sin otros testigos más dignos de confianza que aquella gente, en caso de un posible accidente súbito.


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