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Los hechos en el caso de M. Valdemar (Edgar Allan Poe) - pág.2

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Su temperamento era singularmente nervioso, y hacía de él un buen sujeto para la experiencia mesmérica. En dos o tres ocasiones, yo había conseguido dormirle sin mucha dificultad, pero me engañaba en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me habían hecho naturalmente anticipar. Su voluntad no quedaba positiva ni completamente sometida a mi gobierno, y por lo que respecta a la clairvoyance, no pude obtener de él nada digno de relieve. Siempre atribuí mi fracaso en estos aspectos al desorden de su edad. Unos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tisis. En realidad, tenía la costumbre de hablar tranquilamente de su próximo fin, como de un hecho que no podía ser ni evitado ni lamentado.
Cuando se me ocurrieron por primera vez las ideas a que he aludido, es natural que pensase en M. Valdemar. Conocía demasiado bien su sólida filosofía para temer algún escrúpulo por su parte, y él carecía de parientes en América que pudieran oponerse. Le hablé francamente del asunto, y, con sorpresa por mi parte, su interés pareció vivamente excitado. Digo con sorpresa por mi parte porque, aunque siempre se había prestado amablemente a mis experiencias, nunca me había dado con anterioridad la menor señal de simpatía hacia ellas. Su enfermedad era de las que permiten calcular con exactitud la época de la muerte, y al fin convinimos en que me mandaría a buscar unas veinticuatro horas antes del término fijado por los médicos para su fallecimiento.
Hace ahora más de siete meses que recibí del propio M. Valdemar la nota siguiente:
Querido P...
Puede usted venir ahora. D... y F... están de acuerdo en que no puedo pasar de la media noche de mañana, y creo que han acertado la hora con bastante aproximación.
Valdemar
Recibí esta nota a la media hora de haber sido escrita, y quince minutos después me hallaba en la habitación del moribundo. No le había visto hacía diez días, y me asustó la terrible alteración que en tan breve intervalo se había operado en él. Su rostro tenía un color plomizo; sus ojos carecían totalmente de brillo y su delgadez era tan extrema que los pómulos le habían agrietado la piel.


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