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El Escarabajo de Oro (Edgar Allan Poe) - pág.13

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Por eso la dificultad de la ascensión, en el caso presente, lo era mucho más en apariencia que en la realidad. Abrazando lo mejor que podía el enorme cilindro con sus brazos y sus rodillas asiendo con las manos algunos brotes y apoyando sus pies descalzos sobre los otros, Júpiter, después de haber estado a punto de caer una o dos veces se izó al final hasta la primera gran bifurcación y pareció entonces considerar el asunto como virtualmente realizado. En efecto, el riesgo de la empresa había ahora desaparecido, aunque el escalador estuviese a unos sesenta o setenta pies de la tierra. 
-¿Hacia qué lado debo ir ahora, massa Will?-preguntó él. 
-Sigue siempre la rama más ancha, la de ese lado-dijo Legrand. 
El negro obedeció con prontitud, y en apariencia, sin la menor inquietud; subió, subió cada vez más alto, hasta que desapareció su figura encogida entre el espeso follaje que la envolvía. Entonces se dejó oír su voz lejana gritando: 
-¿Debo subir mucho todavía? 
-¿A qué altura estás?-preguntó Legrand. 
-Estoy tan alto-replicó el negro-, que puedo ver el cielo a través de la copa del árbol.  
-No te preocupes del cielo, pero atiende a lo que te digo. Mira hacia abajo el tronco y cuenta las ramas que hay debajo de ti por ese lado. ¿Cuántas ramas has pasado? 
-Una, dos, tres, cuatro, cinco. He pasado cinco ramas por ese lado, massa. 
-Entonces sube una rama más. 
Al cabo de unos minutos la voz de oyó de nuevo, anunciando que había alcanzado la séptima rama. 
-Ahora, Jup-gritó Legrand, con una gran agitación-, quiero que te abras camino sobre esa rama hasta donde puedas. Si ves algo extraño, me lo dices. 
Desde aquel momento las pocas dudas que podía haber tenido sobre la demencia de mi pobre amigo se disiparon por completo. No me quedaba otra alternativa que considerarle como atacado de locura, me sentí seriamente preocupado con la manera de hacerle volver a casa. Mientras reflexionaba sobre que sería preferible hacer, volvió a oírse la voz de Júpiter.


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