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El Escarabajo de Oro (Edgar Allan Poe) - pág.10

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-Mi querido Legrand-interrumpí-, no está usted bien, sin duda, y haría mejor en tomar algunas precauciones. Váyase a la cama, y me quedaré con usted unos días, hasta que se restablezca. Tiene usted fiebre y... 
-Tómeme usted el pulso-dijo él. 
Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el menor síntoma de fiebre. 
-Pero puede estar enfermo sin tener fiebre. Permítame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después... 
-Se equivoca-interrumpió él-; estoy tan bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación. 
-¿Y qué debo hacer para eso? 
-Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en mí se apaciguará igualmente con esa expedición. 
-Deseo vivamente servirle a usted en lo que sea -repliqué-; pero ¿pretende usted decir que ese insecto infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas? 
-La tiene. 
-Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en tan absurda empresa. 
-Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos que intentar hacerlo nosotros solos. 
-¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted estar ausente? 
-Probablemente, toda la noche. Vamos a partir en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir el sol. 
-¿Y me promete por su honor que, cuando ese capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mío!) esté arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con exactitud mis prescripciones como las de su médico? 
-Sí, se lo prometo; y ahora, partamos, pues no tenemos tiempo que perder. 
Acompañé a mi amigo, con el corazón apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en camino Legrand Júpiter, el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en cargar con todo ello, más bien, me pareció, por temor a dejar una de aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de complacencia.


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