Una confesión encontrada en una prisión (Charles Dickens) Libros Clásicos

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entera de sufrimiento. Una vez pensé que el niño estaba vivo y que nunca había
tratado de asesinarlo. Despertar de ese sueño significó el mayor dolor de todos.
Volví a sentarme junto a la ventana al día siguiente, sin apartar nunca la
mirada del lugar que, aunque cubierto por la hierba, resultaba tan evidente para
mí, en su forma, su tamaño, su profundidad y sus bordes mellados, como si
hubiera estado abierto a la luz del día. Cuando un criado pasó por encima creí
que podría hundirse. Una vez que hubo pasado miré para comprobar que sus pies no
hubieran deshecho los bordes. Si un pájaro se posaba allí me aterraba pensar que
por alguna intervención extraña fuera decisivo para provocar el descubrimiento;
si una brisa de aire soplaba por encima, a mí me susurraba la palabra asesinato.
No había nada que viera o escuchara, por ordinario o poco importante que fuera,
que no me aterrara. Y en ese estado de vigilancia incesante pasé tres días.
Al cuarto día llegó hasta mi puerta un hombre que había servido conmigo en el
extranjero, acompañado por un hermano suyo, oficial, a quien nunca había visto.
Sentí que no podría soportar dejar de contemplar la parcela. Era una tarde de
verano y pedí a los criados que sacaran al jardín una mesa a una botella de
vino. Me senté entonces, colocando la silla sobre la tumba, y tranquilo, con la
seguridad que nadie podría turbarla ahora sin mi conocimiento, intenté beber y
charlar.
Ellos me desearon que mi esposa se encontró bien, que no se viera obligada a
guardar cama, esperaban no haberla asustado. ¿Qué podía decirles y con una
lengua titubeante, acerca del niño? El oficial al que no conocía era un hombre
tímido q mantenía la vista en el suelo mientras yo hablaba ¡Incluso eso me
aterraba! No podía apartar de mí idea de que había visto allí algo que le hacía
sospechar la verdad. Precipitadamente le pregunté que suponía que... pero me
detuve.
-¿Que el niño ha sido asesinado? -contestó mirándome amablemente-. ¡Oh, no! ¿Qué
puede pensar un hombre asesinando a un pobre niño?
Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía ganar un hombre con tal hecho,
pero mantuve la tranquilidad aunque me recorrió un escalofrío.

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