Una confesión encontrada en una prisión (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Todos mis pensamientos se
concentraban en la necesidad absorbente de ocultar lo que había hecho.
No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente de hombre capaz de concebir,
cómo me sentí cuando vinieron a decirme que el niño se había perdido, cuando
ordené buscarlo en todas las direcciones, cuando me aferraba tembloroso a cada
uno de los qu, se acercaban. Lo enterré aquella noche. Cuando sepa té los
matorrales y miré en la oscura espesura vi sobre el niño asesinado una
luciérnaga, que brillaba come el espíritu visible de Dios. Miré a su tumba
cuando le coloqué allí y seguía brillando sobre su pecho: un ojo de fuego que
miraba hacia el cielo suplicando a las estrellas que me observaban en mi
trabajo.
Tuve que ir a recibir a mi esposa y darle la noticia, dándole también la
esperanza de que el niño fuera encontrado pronto. Supongo que todo aquello lo
hice con apariencia de sinceridad, pues nadie sospechó de mí. Hecho aquello, me
senté junto a la ventana del dormitorio el día entero observando el lugar en el
que se ocultaba el terrible secreto.
Era un trozo de terreno que había cavado para replantarlo con hierba, y que
había elegido porque resultaba menos probable que los rastros del azadón
llamaran la atención. Los trabajadores que sembraban la hierba debieron pensar
que estaba loco. Continuamente les decía que aceleraran el trabajo, salía fuera
y trabajaba con ellos, pisaba la hierba con los pies y les metía prisa con
gestos frenéticos. Terminaron la tarea antes de la noche y entonces me consideré
relativamente a salvo.
Dormí no como los hombres que despiertan alegres y físicamente recuperados, pero
dormí, pasando de unos sueños vagos y sombríos en los que era perseguido a
visiones de una parcela de hierba, a través de la cual brotaba ahora una mano,
luego un pie, y luego la cabeza. En esos momentos siempre despertaba y me
acercaba a la ventana para asegurarme que aquello no fuera cierto. Después,
volvía a meterme en la cama; y así pasé la noche entre sobresaltos, levantándome
y acostándome más de veinte veces, y teniendo el mismo sueño una y otra vez, lo
que era mucho peor que estar despierto, pues cada sueño significaba una noche

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