Una confesión encontrada en una prisión (Charles Dickens) Libros Clásicos

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comenzó todo aquello hubiera pensado yo en hacerle mal alguno. Quizá considerara
lo bien que nos vendría su herencia, y hasta puede que deseara su muerte, pero
creo que jamás pensé en lograrla por mis propios medios. La idea no me llegó de
repente, sino poco a poco, presentándose al principio con una forma difusa, como
a gran distancia, de la misma manera que los hombres pueden pensar en un
terremoto, o en el último día de su vida, que luego se va acercando más y más
perdiendo con ello parte de su horror e improbabilidad, y luego toma carne y
hueso; o mejor dicho, se convierte en la sustancia y la suma total de todos mis
pensamientos diarios y en una cuestión de medios y de seguridad; ya no existe el
planteamiento de cometer o no el hecho.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior no podía soportar que el niño me
viera mientras yo le miraba, pero una fascinación me arrastraba a contemplar su
cuerpo ligero y frágil pensando en lo fácil que me resultaría hacerlo. A veces
me deslizaba escaleras arriba y le observaba mientras dormía, pero lo más
habitual era que rondara por el jardín cerca de la ventana de la habitación en
la que se hallaba inclinado realizando sus tareas, y allí, mientras él
permanecía sentado en una silla baja al lado de mi esposa, yo le miraba durante
horas escondido detrás de un árbol: escondiéndome y sorprendiéndome, como el
infeliz culpable que era, ante el menor ruido provocado por una hoja, pero
volviendo a mirar de nueve Muy próxima a nuestra casa, pero lejos de nuestra
vista, y también de nuestro oído en cuanto viento se agitara mínimamente, había
una extensión profunda de agua. Empleé varios días en d, forma con mi navaja a
un tosco modelo de bote, que por fin terminé y dejé donde el niño pudiera
encontrarlo. Me oculté entonces en un lugar secreto por, que tendría que pasar
si se escapaba a solas para hacer navegar el juguetito, y aguardé allí su
llegado No llegó ni ese día ni al siguiente, aunque esperé desde el mediodía
hasta la caída de la noche. Estaba convencido de haberlo apresado en mi red,
pues lo oí hablar del juguete, y sé que, en su placer infantil lo guardaba a su

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