Una confesión encontrada en una prisión (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Tengo ahora la sensación de que era como si se hallara suspendida sobre nosotros
una extraña y terrible prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. Tenía
miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija vuelve ahora hacia mí como el
recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi sangre.
Ella murió poco después de dar a luz a un hijo, un niño. Cuando mi hermano supo
que había perdido toda esperanza de recuperación en su propia enfermedad, llamó
a mi esposa junto a su lecho y confió el huérfano a su protección, un niño de
cuatro años. Legó al niño todas las propiedades que tenía y escribió en el
testamento que, en caso de que muriera su hijo, las propiedades pasaran a mi
esposa como único reconocimiento que podía hacerle de sus cuidados y amor.
Cambió conmigo unas cuantas palabras fraternales, deplorando nuestra prolongada
separación y, hallándose agotado, se hundió en un sueño del que nunca despertó.
Nosotros no teníamos hijos, y como entre las hermanas había existido un afecto
profundo, y mi esposa había ocupado casi el lugar de una madre para aquel
muchacho, lo amaba como si ella misma lo hubiera tenido. El niño estaba muy
unido a ella, pero era la imagen de su madre tanto en el rostro como en el
espíritu, y desconfió siempre de mí.
No puedo precisar la fecha en la que tuve por primera vez aquella sensación,
pero sé que muy poco después empecé a sentirme inquieto cuando estaba junto a
aquel niño. Siempre que salía de mis melancólicos pensamientos, lo encontraba
mirándome con fijeza, pero no con esa simple curiosidad infantil, sino con algo
que contenía el propósito y el significado que con tanta frecuencia había
observado yo en su madre. No se trataba de un resultado de mi fantasía, basado
en el gran parecido que tenía con ella en los rasgos y la expresión. Jamás le
sorprendí con la mirada baja. Me tenía miedo, pero al mismo tiempo parecía
despreciarme instintivamente; y aunque retrocediera ante mi mirada, tal como
solía hacer cuando estábamos a solas, aproximándose a la puerta, seguía
manteniendo fijos en mí sus ojos brillantes.
Es posible que me esté ocultando a mí mismo la verdad, pero no creo que cuando

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