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Proceso por asesinato (Charles Dickens) - pág.6

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Poco después entraron los jueces, dos de ellos, y ocuparon sus lugares. Se acalló impresionantemente el bisbiseo de la sala. Se dieron órdenes de traer al Asesino. Apareció éste. En el acto reconocí en él al primero de los dos hombres que pasaron por Piccadilly.
De haberse pronunciado entonces mi nombre, dudo que hubiera podido responder en voz audible. Pero lo mencionaron en sexto u octavo lugar, y para entonces pude decir: "¡Presente!" Ahora bien, atiendan a esto. Cuando pasé al estrado de jurados el prisionero, que había estado observándolo todo con atención, pero sin señales de preocupación, se agitó violentamente y llamó a su abogado. Su deseo de rechazarme como jurado era tan evidente, que provocó una pausa, durante la cual el defensor, con la mano en la barra, estuvo hablando en voz baja con su cliente y sacudiendo la cabeza. Más tarde supe de ese caballero que las primeras palabras de pánico dichas por el prisionero habían sido: "¡A toda costa rechace ese jurado!" Pero no se hizo así, pues el prisionero carecía de razones para pedirlo y admitió no conocer ni siquiera mi nombre hasta no oírlo pronunciar allí y verme aparecer.
Tanto por los motivos ya explicados, que deseo evitar revivir la malsana memoria de aquel Asesino, como porque de ninguna manera es indispensable a mi relato una explicación detallada de aquel largo juicio, me limitaré en gran medida a los incidentes ocurridos los diez días y noches que nosotros, los del jurado, estuvimos juntos, directamente relacionados con mi extraña y personal experiencia. Es en ésta que deseo interesar a mis lectores, no en el Asesino. Es para ella, y no para una página de The Newgate Calendar1 que solicito atención.
Se me eligió presidente del jurado. La segunda mañana del juicio, tras dos horas de haberse estado tomando declaraciones (escuché sonar el reloj de la iglesia), al pasear la vista por mis compañeros tropecé con una inexplicable dificultad al contarlos. Lo hice varias veces, siempre con el mismo tropiezo: en pocas palabras, había uno de más.
Toqué al jurado cuyo lugar estaba junto al mío y le susurré:
-Hágame el favor de contarnos.
Pareció sorprendido por la petición, pero volvió la cabeza y contó.
-¡Caramba -dijo de pronto-, somos tre... Pero no, eso es imposible. No, somos doce!
De acuerdo con mis cálculos de aquel día, siempre éramos el número correcto contados en lo individual, y sin embargo, siempre resultaba uno de más vistos en grupo.


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