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Oliver Twist (Charles Dickens) - pág.29

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Página 29 de 34


Fagin cogió entonces su sombrero y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy. Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y experimentada como ella.
-Habrá que echarle el guante -se dijo Fagin a sí mismo-. Sería una buena manera de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para proponerle a Noah Claypole que fuera su espía.
Te necesito -le dijo-, para un trabajo que requiere discreción y cautela. Sólo se trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré una libra.
-tA quién hay que seguir? -preguntó Noah.
-Es una de las nuestras -contestó el judío-. Se ha echado nuevos amigos y he de saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
-¡Trato hecho! -concluyó Noah.


CAPÍTULO TRECE

TERRIBLES CONSECUENCIAS

Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consiguió por fin acudir al puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
-Aléjemonos de aquí -dijo Nancy en voz baja-. Hablaremos más tranquilos abajo, al pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole seguía sus pasos y oía sus palabras.
-Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por la fuerza...
-Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta señorita-dijo el señor Brownlow señalando a Rose-, y creemos que debemos arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
-¡Nunca! -exclamó Nancy-. Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
-Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks -repuso el señor Brownlow.
-Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
-¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
-Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le hacen tirarse al suelo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y otra cosa: tiene en la garganta...
-¿Una mancha roja como una quemadura? -interrumpió el señor Brownlow.
-Sí -contestó Nancy sorprendida-. ¿Lo conoce?
-Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
-Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza.


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