Oliver Twist (Charles Dickens) - pág.23
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-¿Barato? -gritó una voz al oído del superintendente.
El señor Bumble se dio la vuelta y se encontró con el poco agraciado rostro de su esposa, que seguía gritando:
-¿Piensas quedarte ahí roncando todo el día?
-Pienso hacer lo que me dé la gana, señora Bumble -contestó el hombre envalentonado.
El señor Bumble se colocó entonces su sombrero y su abrigo con la intención de salir, pero la señora Bumble le quitó el sombrero de un manotazo, lo agarró por el cuello, lo golpeó, lo arañó y lo sentó en una silla de un empujón.
-No me vuelvas a contestar de ese modo -gritó-. Ahora levántate y lárgate de aquí.
El señor Bumble recogió su sombrero del suelo y salió a la calle como una flecha. Iba tan enfadado, que tardó un rato en darse cuenta de que estaba lloviendo con fuerza; entonces decidió refugiarse en una taberna. Allí había sólo un cliente; era un forastero alto y moreno que llevaba una amplia capa negra sobre los hombros. Ambos se miraron varias veces de reojo. Pero el forastero, de repente, rompió el silencio.
-No sé si se acordará de mí, pero usted y yo nos conocemos. He venido hasta aquí buscándole y, por una de esas casualidades de la vida, he dado con usted a la primera. ¿Continúa usted con su acostumbrado amor por el dinero?
El señor Bumble hizo intención de hablar, pero el forastero, haciendo un gesto con la mano, prosiguió.
-No, no diga nada, ya ve que te conozco bien. Además, comprendo que el sueldo de los funcionarios parroquiales no es muy alto; seguro que le vendrá bien una propinilla.
-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó el superintendente.
-Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto -dijo, poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor-. Veamos, haga memoria: un invierno de hace doce años nació en el hospicio un muchacho paliducho que más tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
-¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
-No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su madre la noche en que murió.
-Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella inesperada noticia, pero pronto salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor Bumble lo retuvo.
-Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habitación con una mujer para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor Bumble continuó:
-Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas -concluyó el señor Bumble.
-¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
-¿Le parece bien mañana?
-Bien, a las nueve de la noche, vayan a esta dirección -dijo, entregándole un pedazo de papel-. Pregunten por el señor Monks
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