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La novia del ahorcado (Charles Dickens) - pág.16

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diciendo siempre desde medianoche hasta el alba su única palabra: «¡vive!»
» Pero en el mes en que me obligaron a abandonar esta vida, este mes presente de
treinta días, el dormitorio de la novia está vacío y tranquilo. Pero no mi
antiguo calabozo. No las habitaciones en las que durante diez años habité
inquieto y temeroso. Entonces son éstas las que están encantadas. A la una de la
mañana, soy lo que vio cuando el reloj dio esa hora: un anciano. A las dos de la
mañana, soy dos ancianos. Y tres a las tres. A las doce del mediodía soy doce
ancianos, uno por cada ciento por ciento de mis beneficios. Y cada uno de los
doce con doce veces mi capacidad de sufrimiento y agonía. Desde esa hora hasta
las doce de la noche, yo, doce hombres que presagian angustia y miedo, aguardan
la llegada del verdugo. ¡A las doce de la noche, yo, doce hombres desconectados,
que oscilan invisibles fuera del castillo de Lancaster, con doce rostros frente
al muro!
» Cuando el dormitorio de la novia fue encantado por primera vez, se me hizo
saber que este castigo no cesaría nunca hasta que pudiera dar a conocer su
naturaleza y mi historia a dos hombres vivos al mismo tiempo. Años y años
aguardé la llegada de dos hombres vivos al dormitorio de la novia. Por medios
que ignoro entró en mi conocimiento la idea de que si dos hombres vivos con los
ojos abiertos podían estar en el dormitorio de la novia a la una de la mañana,
me verían sentado en mi silla.
» Finalmente, los murmullos según los cuales la habitación estaba
espiritualmente turbada atrajeron a dos hombres a intentar la aventura. Apenas
había aparecido en el hogar a medianoche (me presenté allí como si el rayo me
hubiera lanzado a la existencia), cuando les oí subir las escaleras. Después les
vi entrar. Uno de ellos era un hombre activo, audaz y alegre, en el punto
culminante de su vida, de unos cuarenta y cinco años de edad; el otro, unos doce
años más joven. Llevaban una cesta con provisiones y botellas. Les acompañaba
una mujer joven con leña y carbón para encender el fuego. Una vez prendido éste,


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