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La historia del viajante de comercio (Charles Dickens) - pág.8

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Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que es más, le estaba guiñando un ojo
a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había
tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se
mostrara algo sorprendido, empezó < indignarse en cuanto vio que el anciano
caballero le guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan
insolente. Finalmente decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro
envejecido seguía haciéndole guiños con mayor rapidez que nunca, con tono
verdaderamente colérico, le dijo:
-¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? -Porque me gusta, Tom Smart -contestó
la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo
dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo
-¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces -preguntó Tom con bastantes titubeos,
aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
-Vamos, vamos, Tom-dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a
una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos
respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste
empezó a asustarse. -No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor
-dijo Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio.
-Bueno, bueno -contestó el anciano-. Quizá no... quizá no, Tom...
-Señor...
-Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
-Ciertamente que lo soy -replicó Tom Smart-. Pero ¿cómo ha llegado a saber eso?
-No tiene importancia -dijo el anciano-. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota
desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano
caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó
silencio. -Tom, la viuda es una hermosa mujer... verdaderamente hermosa... ¿eh,
Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus
pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta... ¡a sus años!
-Soy su guardián, Tom -dijo el anciano.


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