La historia del viajante de comercio (Charles Dickens) - pág.7
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terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo, aunque no podía
decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que hubiera
visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó
mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se
hubiera apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de
aquel, objeto.
-Vaya -dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo momento
la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama-. Jamás en mi
vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño -añadió Tom, que con el ponche caliente
se había vuelto bastante sagaz-. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la
silla. Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama,
se tapó hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que
participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó
ante su imaginación despierta fue la extraña silla.
-No voy a mirarla más -se dijo apretando los párpados uno contra otro y tratando
de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban
sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los
respaldos de las otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
-Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas
falsas -dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba,
claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella
un cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el
alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de
damasco se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se
convirtieron en dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la
vieja silla se asemejó a un anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos
en jarras. Tom se sentó en la cama y se frotó los ojos para deshacer la ilusión.
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