La historia del viajante de comercio (Charles Dickens) - pág.6
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Todas
estas cosas pasaron rápidamente por la mente de Tom mientras estaba sentado
bebiendo ponche caliente junto al crujiente fuego, y se sintió justa y
apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto estuviera en el
camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart, estaba tan
lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos
últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el
hombre alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart
llegó finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo
perseguido, cuyas dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la
cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando
una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que
en un lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido
encontrar mucho sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo,
la apagarían; ello permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar
que había sido él y no el viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba
soplar para encenderla de nuevo en realidad estaba besando a la joven. Pero en
cualquier caso obtuvieron otra luz y Tom fue conducido a través de un laberinto
de habitaciones y pasillos hasta una estancia que había sido preparada para su
recepción, en la que la joven se despidió de él deseándole buenas noches y le
dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría
servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble
en los que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más
llamó la atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto
horrendo tallada de la manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y
una abultamientos redondos en la parte inferior de lo patas cuidadosamente
envueltos en paño rojo como si tuviera gota en los dedos. De cualquier otra
extraña silla Tom sólo habría pensado que era una silla extraña, y ahí habría
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