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La historia del viajante de comercio (Charles Dickens) - pág.2

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la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al acercarse, hasta que caía en una
fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo la lluvia afilada en las
orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y después batía
detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara de la
debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia
fuerza y poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en
cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco
caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de
todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les
hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las
cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo
especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada,
la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía
un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta
llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera
de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color
de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para
el servicio
-Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un
desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y
bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart
ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo
proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o por
1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
-Que me soplen -dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera exactamente
de la misma opinión-. Alégrate, vieja -añadió Tom tocando a la yegua en el
cuello con el extremo del látigo-. En una noche como ésta es inútil seguir


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